El hombre que cruzaba fronteras

Conocí el Hotel Arbez hace un tiempo en alguna de las múltiples páginas de friquismo fronterizo que adornan el blogroll de esta humilde bitácora. Teniendo en cuenta que Ginebra cae a apenas siete horas y media de coche de Barcelona (Madrid, por ejemplo, está a seis horas de carretera, cinco si se corre un poco y no se para, y cuatro si se es un retrasado mental con un coche de gran cilindrada) planeé cuidadosamente el viaje para realizarlo en noviembre del año pasado. El día del viaje desperté con una descomposición intestinal nivel “las aguas del Mar Rojo se cierran sobre los perseguidores de Moisés” por lo que no sólo no podía conducir siete horas, sino que ni siquiera podía plantearme salir de casa a comprar papel higiénico. Así que cancelé la expedición y esperé mejores tiempos. Hasta que hace un par de meses se alinearon los planetas y disfruté de tres días eximido de cualquier responsabilidad laboral o familiar; pensé que la ocasión la pintan calva y me lancé a recorrer fronteras. Este blog es sólo una excusa para viajar, leches. Aprovechémosla.

-Sí, hola, Cariño, te mando la foto del sitio que he venido a ver. Sí, es una escalera. Sí, la moqueta es bastante fea y un poco mugrienta, ¡pero la frontera pasa por uno de esos escalones! Sí, me he cogido un avión y luego he conducido una hora por una carretera de montaña para ver esto. ¿Cómo, que te recuerde por qué te casaste conmigo?

Volando voy

En esta ocasión decidí hacer el viaje en avión y alquilar coche allí. Primero porque en Suiza y de noviembre a marzo es obligatorio usar neumáticos de invierno, que son como los de verano pero más abrigaditos, y segundo porque sólo tenía tres días y no me apetecía gastar más de medio entre ir y volver. Encontré un chollazo de la Swiss para ir a Ginebra y volver desde Zúrich y el día y hora fijados, con puntualidad suiza (comentario inevitable, igual que hacer algún chiste con relojes de cuco) el Airbus A320 rojo y blanco abandonó las pistas del aeropuerto de El Prat. Me sorprendió no encontrar una carta de bocadillos para el almuerzo, pero no tardé en descubrir el porqué. Al rato de despegar una azafata francófona se me acercó para ofrecerme un sandwich de pavo y queso fresco. Gratis. ¡Dios mío! ¡Gratis! ¡Un bocata! ¡En un avión! ¿Es posible semejante dicha? No sólo eso. La cocacola también me fue entregada sin necesidad de pagar nada. ¡Incluso el café! La sonrisa de la azafata francófona decía claramente “estamos encantados de que vueles con nosotros”, en lugar del rictus que en otras compañías significa “soy una serbia que chapurrea algo parecido al inglés contratada por una empresa de trabajo temporal y odio mi maldito trabajo en esta aerolínea irlandesa así que pienso pagarlo contigo escupiéndote metafóricamente en tu feo careto, miserable bastardo”. La cosa no acabó ahí. Al cabo de unos minutos la misma azafata me ofreció repetir. ¡REPETIR! ¡Dioses del cielo! ¿Es Suiza la tierra prometida, el lugar donde los ríos son de leche y miel y de los árboles brotan solomillos a la pimienta?

Todo esto y una lata de cocacola ENTERA, gratis. GRA-TIS. Flípalo, Mick.

Verde que te quiero verde

Una vez recogido el coche de alqiler en los mostradores de la Sixt me dirigí inmediatamente al centro de la ciudad, que dista nueve kilómetros del aeropuerto. Tardé cerca de hora y media en recorrer esa ridícula distancia gracias a los semáforos modelo “El verde está de adorno” que jalonan el centro de Ginebra. El sistema es simple. Por cada dos eras geológicas que están en rojo se ponen en verde unas dos décimas de segundo. Los semáforos suizos son los únicos en todo el mundo en los que el ámbar dura más que el verde. No puedo confirmarlo, pero estoy seguro de que en alguna bocacalle ginebrina hay un monumento al conductor desconocido, fallecido de inanición y aburrimiento esperando a un verde que nunca llegó a dejarse ver.

La aproximación al aeropuerto de Ginebra es bastante espectacular, aunque no tanto como esta foto que espero que llame la atención del Community Manager de Swiss International Airlines lo suficiente como para ofrecerme algo de pasta. U otro catering gratis, ya me va bien. Personalmente nunca había aterrizado tras volar durante media hora por debajo de la altura del terreno circundante.

¡Agua va!

El monumento más conocido de Ginebra es el Jet d’eau, literalmente el chorro de agua. Lo vi por primera vez asomando por detrás de un edificio mientras buscaba un sitio donde aparcar. El chorro de agua es, bueno, eso. Un enorme géiser de 140 metros de alto que expulsa agua a presión a unos 200 kilómetros por hora. Mientras está funcionando hay en todo momento siete mil litros de agua del Lago Lemán flotando en el aire ginebrino. Como hacer figuritas con el chorro de orina cuando se está bebido, pero a lo bestia. Hay un barquito que acerca a los osados guiris a la cascada desatada por el chorrazo, pero llegué al lugar después de que saliera el último viaje (malditos semáforos), así que me limité a dar un paseo por los alrededores del Hotel de Ville antes de subirme de nuevo al coche y enfilar hacia La Cure.

Atardece en el Lago Lemán (Brothers). Debajo, el choro de agua asomando por encima de la bruma y los tejados de Ginebra.

Esto me lo encontré en  un muro junto a la catedral, es obra de un artista francés autodenominado Invader (gracias, Jaime, por aclarármelo). Ha ido dejando marcianitos por medio mundo y Ginebra no podía ser menos. 

Here’s Johnny!

Llegué al Hotel Arbez tras una hora de sufrir el acoso de los conductores suizos, mucho más experimentados que un servidor en pilotar en carreteras de montaña. Y con mucha más prisa, dicho sea de paso. Eran poco más de las ocho de la tarde. La cocina cerraba a las nueve, que es la hora de apertura habitual de una gran parte de los restaurantes españoles. Spain is different, al menos en lo que se refiere a cenar a horas en las que el 90% de Europa lleva horas durmiendo. Tras la cena me quedé un rato leyendo y a eso de medianoche me dio por bajar a la calle a fumar un pitillo (en Suiza está prohibido fumar en cualquier lugar techado). Salí de mi habitación y me interné en las tinieblas y el silencio absolutos que habían poseido el hotel. A tientas e iluminándome con el mechero alcancé la puerta del hotel, que descubrí cerrada. Con llave. No sufro de claustrofobia, pero he de decir que mi cabeza sonaba una palabra: REⱭЯUM. Lo intenté por la puerta que da a Francia y encontré lo mismo. Ya un poco mosca y empezando a hiperventilar crucé el restaurante (y su frontera) y lo intenté por allí, con el mismo éxito. Cuando ya estaba pensando en hacer un Vive la Resistance y escapar por el tejado descubrí, ayudado por la lamentable iluminación proporcionada por mi mechero Bic, que podía abrir la puerta girando una pequeña manija situada dos palmos por debajo del picaporte. Nunca dos grados bajo cero me sentaron tan bien.

Un mural en la pared del hotel Arbez con una versión fronteriza de Los jugadores de cartas de Cézanne. Debajo, la sombra del bloguero.

La importancia de llamarse Hans-Adam

Al día siguiente de mi pequeña fuga nocturna pasé la mañana haciendo fotos a la frontera y molestando a los lugareños con mis insistentes preguntas acerca de su trazado exacto, que a ellos les importa un nabo. Tras reunir material para el blog me subí al coche y me dirigí a Basilea, primero, y a Zúrich, después, donde cené con unos amigos que residen allí. Conseguir no matarme contra un tranvía en Basilea o Zúrich es una de las cosas más osadas y meritorias que he hecho como conductor. Y que no volvería a repetir, por cierto. A eso de las once dejé la ciudad con nombre de compañía de seguros (hay otra llamada Winthertur; otro día hacemos un ensayo de toponimia y marcas comerciales) para dirigirme hacia Liechtenstein. Entré al país por el sur a eso de medianoche y me dirigí hacia Triesenberg, donde se encontraba mi hotel. Al poco de comenzar la subida hacia las montañas una luz blanca intensa como la detonación de una bomba termonuclear evaporó la sangre de mis retinas y provocó la combustión espontánea de los reposacabezas. Fue como mirar un eclipse solar pero sin la parte en que la Luna se pone en medio y tal. Un radar me había cazado a sesenta en una zona de cincuenta. Se ve que eso en Liechtenstein se paga con la muerte por accidente de tráfico debido a la ceguera. Seguí conduciendo un rato con lucecitas bailándome en los ojos,  y por supuesto me perdí miserablemente.

Eso que veis ahí rodeado con circulitos colorados son agujeros de setenta centímetros de profundidad hechos por los pies de cierto bloguero al intentar fotografiar nosequé cosa en la frontera. Tres hurras por él. Como se ve en la foto de debajo, había bastante nieve, pero gracias al cielo no hacía nada de frío (llegué a medir 19 grados, más de los que había en Barcelona en ese momento).

Du, Du Hast, Du Hast Mitch

Es un hecho que cuando los españoles intentamos hablar con acento italiano tardamos seis palabras en hacerlo con acento gallego. De la misma manera, cuando intentamos decir algo en alemán acabamos hablando como Hitler dando un discurso a las juventudes del Partido en Núremberg. Encontré una pareja de paisanos a los que les pedí indicaciones. El diálogo fue tal que así:

- Jaló! Wo Ist das Hotel Oberland!
- Jaló! – tras reponerse del susto, el lugareño me indicó – Ia, Ia, Das Hotel, sflujenstaff unterdenlinden hamburgermitkartofeln flughafen strujenbajen gosseschulz rammstein. Frogenbraun sckrochstoff dieberlinermauer!!! Jawohl!! Drunkenbajckünsm, trainfraüelein??
- Eh, uh… ia, ia, dankechón, gutennajt.

Así que por hacerme el políglota y cosmopolita no me enteré ni de la hora. Por suerte el tío gesticulaba mucho apuntando hacia determinada zona del pueblo situada más arriba de donde nos encontrábamos. Así que en un golpe de suerte encontré el hotel a apenas medio kilómetro de allí. La suerte sonríe a quien la busca pese a no merecerla. Eso y que en todo Triesenberg hay UNA única calle digna de ese nombre, que zigzaguea trepando por las faldas de la montaña. Y aún así conseguí perderme. La suerte sonríe a… bah, qué más da.

Otra cosa no, pero el hotel tenía unas vistas impresionantes. Todas las montañas están en Suiza. Debajo está indicada la frontera, que coincide con el río Rhin.

Va…aaa…aaaahh…duz

Dediqué la mañana de mi tercer y último día de viaje a recorrer Vaduz. Liechtenstein es Suiza en pequeño. En MUY pequeño, de hecho. Desde cualquier punto del país la frontera más cercana está a menos de diez kilómetros. Es más, desde cualquier punto del país ves otro país. Son asquerosamente ricos (la renta per cápita más alta del mundo) y se nota. También tiene la segunda tasa de desempleo más baja del mundo (1,5%, por detás de Mónaco, que tiene cero) y el menor endeudamiento soberano del planeta (cero, al igual que la deuda externa privada; sólo Brunei, otro estado dirigido por un multibillonario, puede presumir de algo así). Pero la de Vaduz no es una riqueza hortera y ostentosa en plan Marbella o Cannes, es algo mucho más sutil, como una enmoquetada oficina de turismo de doscientos metros cuadrados completamente diáfana y vacía salvo por un pequeño mostrador en un rincón de la estancia donde una aburrida funcionaria despacha información y sellos a partes iguales. Lo de aburrida, por cierto, lo comparte con la ciudad en sí. Vaduz invita al bostezo. Se hace difícil imaginar un sitio peor para un viaje de fin de carrera. Si me dan a elegir entre volver a Vaduz y visitar Mogadiscio en un día malo me lo tendría que pensar seriamente. La zona más animada tiene dos tiendas y una cafetería. Broadway, vamos. Aunque llamar ciudad a Vaduz es un poco exagerado. Cinco mil habitantes pueblan la capital más pequeña de Europa (excluyendo el Vaticano). Una metrópolis, oiga.

Panorámica de Vaduz. Debajo, el inenarrable interior de una de las dos tiendas de recuerdos de la, esto, ciudad.

Lo más llamativo de la, ejem, ciudad de Vaduz es el Castillo, situado en lo alto de una colina que domina todo el valle. Hay dos formas de subir: la cómoda y rápida y a pie. Obviamente yo subí a pie, en un simpático recorrido de media hora larga en el que por muy poco no hace falta usar mosquetones y cuerdas de escalada. El castillo no se puede visitar, claro. Es la residencia oficial del príncipe, el mandamás del país, actualmente un tal Hans-Adam II. Liechtenstein y Mónaco comparten una característica además de su pequeño tamaño y su escandalosa renta per cápita. Todas las tiendas del país tienen una foto o varias del tipo que ostenta el trono. En plan Pyongyang. Liechtenstein es la única monarquía absoluta democrática de la Historia. El Príncipe tiene poderes para disolver el parlamento o vetar cualquier ley, y lo más gracioso es que dicho poder le fue otorgado por el pueblo en referéndum. Quizá tuviera algo que ver la velada amenaza de la familia real de sacar del país su fortuna de apenas cuatro mil millones de euros  si no se aprobaba la medida. Liechtenstein es un país raro y exótico, sí. Algo que salta a la vista en cuanto se examina un mapa del país.

Un par de vistas del Castillo de Vaduz, desde abajo y desde arriba. Entre ambas fotos hay como treinta minutos de jadeos y maldiciones y “tenía que haber subido en coche, joer”

Tras recuperar el resuello y hacerme unas cuantas autofotos a cada cual más lamentable regresé a la, bueno, capital del país a recoger el coche, con el que me dirigí a la frontera austríaca. Allí tomé unas cuantas fotografías y fui amonestado por los aduaneros suizos que custodian la frontera Liechtenstina (Suiza se encarga de la vigilancia de fronteras de su miniyo). Así que di un paso y medio hacia atrás y seguí haciendo mis fotitos desde territorio austríaco, donde los guardias, a los que había pedido permiso, me habían autorizado a hacer lo que me saliera de las narices. Ah, la buena y vieja Europa Schengen. Hablando del tratado, Liechtenstein se incorporó al espacio común europeo el año pasado, y Suiza lo había hecho ya en 2009, pero en la frontera austríaca había decenas de camiones parados y más de un coche siendo registrado.

Nota mental para las autofotos: quitar el Zoom

Wanderweg significa "Sendero"

¿Queda claro dónde está Wanderweg?

Una vez cruzada la frontera austríaco-liechtenstina (no me quiero ni imaginar cómo se pronuncia eso en alemán) tenía tres opciones hasta la salida del avión, prevista para unas ocho horas más tarde desde el aeropuerto de Zúrich. Podía quedarme haciendo el ganso en los alrededores del principado, ir a ver Lucerna o viajar hasta Basilea, que el día anterior había visitado de pasada. Ir a Basilea, por cierto, permitía una visita al trifinium Alemania-Francia-Suiza y de camino bien podía cruzar la frontera Austro-Suiza, que no la tenía en el álbum de cromos fronterizos. Al final elegí la tercera opción, algo de lo que me arrepentiría unas doce mil veces posteriormente.

Frontera entre Austria y Liechtenstein. Debajo, el mismo lugar visto desde el otro lado de la carretera. La siglas FL que figuran en el monolito fronterizo significan Fürstentum Liechtenstein.

Aduana de Liechtenstein en la frontera austríaca. Debido a la unión aduanera que el principado mantiene con Suiza, es este último país el que se encarga de la vigilancia de fronteras del microestado. De ahí el escudo helvético junto al de Liechtenstein. Eso y el letrero, que reza “aduana suiza en el Principado de Liechtenstein”.

Vaduz está a unas dos horas de Basilea, que a su vez está a poco más de una hora de Zúrich. Había calculado dos horas de ida, hora y media de vuelta y al menos dos horas y media de visita a la ciudad, dejándome un bonito margen de seguridad de un par de horas antes de la salida del avión. La cosa se torció un poco. Perdí cuarenta minutos en la circunvalación de Zúrich, pero decidí seguir adelante confiando en mi margen de seguridad. La triple frontera me llamaba. Una vez en Basilea me metí en el espantoso tráfico de tranvías de la ciudad, sólo apto para lugareños o insensatos. Guiado por el GPS del coche crucé la indescriptiblemente horrenda frontera con Alemania y aparqué en un centro comercial situado a escasos trescientos metros del trifinium. Mi centro comercial favorito ever.

Cruzando la frontera Austrosuiza, entre los pueblos de Feldkirch (Austria) y Lienz (Suiza). Alrededor del río hay varias pistas para ciclistas y patinadores, que se montan unos picnics fronterizos que da gloria verlos. Debajo, el centro comercial trinacional, en Weil am Rhein, Alemania.

La aduana de Basilea en la frontera de Alemania. No hay palabras para describir la horrenda zona industrial que se extendía en la parte suiza de la raya. Si hace unas semanas vimos la triple frontera más bella del mundo, esta, sin duda, merece el calificativo de la más espantosa.

Junto al centro comercial se alza el Dreiländerbrücke, o puente de los tres países, que como su propio nombre indica, une dos países. Concretamente discurre desde Weil am Rhein hacia la localidad francesa de Huningue. Tras cruzarlo y hacer las pertinentes fotografías regresé a por el coche y enfilé hacia el aeopuerto de Zúrich, renunciando al paseo por el centro de la ciudad que había planeado. Ahí empezaron los problemas. Tardé algo más de lo previsto en salir de Basilea. Guiado por el GPS esquivé la horda de tranvías, que a estas alturas se me asemejaban a tiburones sedientos de sangre. Para incorporarme a la autopista el navegador me exigió un demencial giro de ciento ochenta grados que podría haber realizado si estuviera pilotando un cazabombardero de fabricación israelí, pero que no me atreví a hacer con mi pequeño Nissan Note de alquiler. Tras aquello, y no se cómo, me metí en una enorme explanada llena de tranvías. Donde los vehículos tenían prohibido el paso. Era un intercambiador de superficie junto a la estación de trenes hacia Alemania. Donde cientos y cientos de personas bajaban y subían de los vagones y cruzaban incesantemente ante el radiador de mi coche. Y todos ellos me miraban con cara de pero qué Hoden estás haciendo aquí, herr patán.

Señal indicadora en el aparcamiento del centro comercial trinacional. A la izquierda, Francia y Alemania, a la derecha, Suiza. ¿Entendéis por qué es mi centro comercial favorito? Debajo, una vista del trifinium desde el Dreiländerbrücke, o el puente de los tres países. El puente se puede cruzar a pie o en bicicleta, y es parte de la vida normal de los locales.Es el puente peatonal más largo del mundo gracias a sus 248 metros de longitud.

(Fuente)

Tras un buen rato de angustia abriéndome paso entre la muchedumbre con el coche, y esperando que en cualquier momento apareciera la Polizei para arrestarme por circular en una zona peatonal, conseguí alcanzar el otro extremo de la plaza y que el GPS, que se había declarado en huelga por no saber salir de allí, recuperara su función. Por fin me incorporé a la autopista, con mi famoso margen de seguridad de dos horas reducido a menos de la mitad. Todo fue bien hasta que estaba a unos trece kilómetros del aeropuerto. Quedaba una hora para la salida del avión y el tráfico se ralentizó. No problem, hay tiempo. Un kilómetro después el tráfico se volvió muy lento. Hice mis cálculos y a esa velocidad tardaría media hora en llegar. Había tiempo. Y poco después el tráfico se paró. Del todo. Por completo. Sudores fríos. Durante los siguientes quince minutos avanzamos diez metros. La longitud de dos coches. Hice mis cálculos de nuevo y me salía que llegaría al aeropuerto en noviembre. Resignado a perder el vuelo saqué un libro de la mochila y me puse a leer.

Las dos orillas del Rin, en Basilea, una ciudad absoutamente bonita para verla y pasearla, y absolutamente espantosa para conducirla.

Cuando llevaba unas treinta páginas de repente el coche de delante se movió. Y siguió moviéndose. Y por alguna razón de repente la autopista se despejó como si hubieran abierto el grifo de coches. Según mi reloj hacía cinco minutos que se había abierto el embarque de mi vuelo. Arranqué el motor, pisé a fondo y procedí a violar de forma sistemática e inmisericorde todos los límites de velocidad del cantón de Zúrich; dejé el coche sin repostar (lo que me costaría una indecente cantidad de francos suizos cuando los de la Sixt me pasaron la dolorosa) y corrí como si me fuera la vida en ello hasta la puerta de embarque. Les pillé cerrándola. Quedaban cuatro minutos para la hora de salida; por primera vez en la Historia de Suiza un vuelo de la Swiss salía con cinco minutos de retraso. Y gracias a ello pude embarcar. Y disfrutar de otro bocadillo y otra cocacola gratis. Y del café. Y hasta de un bombón. Rubio y de ojos azules. Que miraba a los pasajeros como si realmente se alegrara de verlos. Ah, Suiza, qué pequeño gran país.

Otros viajes pelín accidenteados: En busca del trifinium (Austria, Hungría y Eslovaquia) y Cosas que hacer en Europa cuando estás muerto (de frío).

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26 comentarios to “El hombre que cruzaba fronteras”

  1. Jaime Says:

    Estupendo blog. El “Space Invaders” es obra de un artista francés que se hace llamar Invader. Pionero del tema y muy famoso en el gremio. Ha dejado su marca en medio mundo. http://en.wikipedia.org/wiki/Invader_%28artist%29

  2. Blog de Banderas Says:

    No sabes lo que me he reído con esta entrada. Si te pasan esas cosas en fronteras manejables como las europeas, no quiero ni pensar cómo te iría en la frontera entre Colombia y Venezuela o entre Rwanda y Uganda. En todo caso, y no es por desearte el mal, espero que te sigan pasando estas cosas para podernos seguir riendo. Un abrazo desde Bogotá.

  3. Lola Banderas Says:

    apoteosico!

  4. yugurtungue Says:

    Enhorabuena, esta vez te has salido. ¡Brillante!

  5. David Says:

    ¡Qué bien me lo he pasado leyendo este post! Genial.

  6. Manuel MdM Says:

    Genial la entrada, lo que me he reido. Vivo en Ginebra y doy fe del horror del tráfico, nunca pensé que se pudiera odiar tanto a una máquina como lo que odio a los semáforos del centro!

  7. Alejandro Says:

    Excelente crónica!
    Por cierto, hay centauros en La Cure?

  8. Francisco Says:

    Ja! Que buen post, viví un año en Bilbao y la única frontera que visite fue la de Irún y Hendaya, que asombro me causó estar ahí cuando estas acostumbrado a una frontera comp la de México – EUA

  9. ernest Says:

    primero, sigo tu blog desde hace tiempo… me encanta!!!! felicidades!!! segundo, entiendo tu sorpresa con swissair, con mi novia en un viaje a Istambul, despues de viajar con muchisimas otras compañias, alucinamos, desayuno gratis… servicio…. y lo mejor, huelga de controladores franceses y en vez de quedarte tirado durmiendo ( como hubiese pasado en España ) en un aeropuerto, pasamos la noche en el hotel hilton de Zurich… cortesia de Swiss Air, no es broma! Dios bendiga este pequeño pais!!!!!

  10. Carlos Says:

    La mejor entrada que te he leído. Me he reído un puñao. Gracias.

  11. Garisenda Says:

    Este viaje hay que rematarlo: tan cerca y ni una corta visita a Büsingen! 😃 Y unas horas más y te vas hasta Campione d’Italia

  12. Carles Says:

    Wanderweg es “camino para senderismo” ;)

  13. El hombre que cruzaba fronteras Says:

    [...] "CRITEO-300×250", 300, 250); 1 meneos El hombre que cruzaba fronteras fronterasblog.wordpress.com/2012/05/07/el-hombre-que-cruz…  por Masqueperro hace [...]

  14. Luis Fernando Areán Says:

    Lo de la calle peatonal me ha pasado dos veces: en Pisa y en Heidelberg. Es terrorífico…

  15. Luis Fernando Areán Says:

    Y lo del avión que ha cerrado su puerta una, en San Francisco. Muy buena entrada.

  16. calledelorco Says:

    Vaya currazo! Felicidades

  17. Fronteiras Historiasdaraia Says:

    Bueno, lo de la atención que hay en Swissair doy fe. Para mí esta compañía y la alemana Lufthansa son de las mejores que existen en Europa, no solo por la comodidad de sus aviones, sino también por la amabilidad del personal y los servicios a bordo. Y por si eso fuera poco, tanto en Munich como en Frankfurt, los pasajeros de Lufthansa tienen derecho a café gratis en el aeropuerto mientras esperan, ya que hay unas máquinas allí con las que te puedes servir un café y unas pastitas.

    Las compañías españolas (las he sufrido todas) son en general bastante malas en cuanto a atención tanto en el handling como a bordo, lo cual muestra que el foso con la Europa más desarrollada aún existe, pese a quien pese. De hecho, he volado de forma más cómoda en “low cost” como Air Berlin o Easyjet que con Iberia, que ya es decir.

  18. María Virginia Bertetti Says:

    Mucho tiempo hace que leo tu blog, lo tengo en mi eterno listado del google reader e inevitablemente es uno de los pocos que abro seguro si veo un nuevo posteo. Recurrentemente lo comparto en las redes sociales. Me gusta mucho, por si no te diste cuenta.
    Hoy disfruté tanto tu historia que me decidí a escribir un comentario.
    Un abrazo desde Argentina.

  19. Tucumano Says:

    Lo mejor de todo es como narras tus experiencias.
    Lo que me llama la atención es que no postearas la foto de la azafata que me mandaste por privado a mi casilla para que no se enterara tu señ… ah! ya se por que no la posteaste. ¿Dónde está la tecla para editar un comentario?

  20. Leandro (@Leanps) Says:

    Soy fan de tu blog. Todos los post son maravillosos. Y este sobresale

  21. jlvalera Says:

    Me he partido de risa, jajajaja… Estuve en Vaduz y en Suiza y me has recordado el viaje. Pero lo más divertido han sido tus comentarios. Entre lo de las eras geológicas y lo de la muerte por cegera me has hecho llorar de la risa, jajajajaaja…
    Prueba a volar con LAN, si puedes. Si consigues ofertas, es barata. Y el trato es también muy agradable y te siguen dando comida y ¡hasta un kit kat de postre! ;D

  22. Daniel. Says:

    Te mando una foto del aeropuerto de Basilea, similar al aparcamiento que pusistes pero es prácticamente lo primero que te encuentras al salir del avión.

    http://www.flickr.com/photos/fotosdegrancanaria/4508590167/

    Saludos.

  23. Dominic Says:

    Estupendo post!! Muy interesante y me he reido muchísimo.

    Un saludo!!

  24. El hombre que cruzaba fronteras « Fronteras | MeGustaBarcelona Says:

    [...] El hombre que cruzaba fronteras « Fronteras. Share this:TwitterFacebookMe gusta:Me gustaSe el primero en decir que te gusta. Esta entrada fue publicada en mgb, prueba por bpachan. Guarda el enlace permanente. [...]

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